
Es la palabra que más se ha oído en esta campaña presidencial. En castellano, progreso es antónimo de retroceso y está asociado con mejorar las condiciones de vida de las personas: desarrollo científico, económico y social, derrotar la pobreza, respeto a la dignidad del ser humano, igualdad de oportunidades, cultura, democracia, libertad.
Pero ¿qué entiende la Concertación por progresismo? Exactamente todo lo contrario. Es una reforma tributaria que terminará por generar más cesantía y cuyo peso recaerá, probablemente, en los miles de pequeños y medianos emprendedores. Es el aborto a secas, pero bajo los apellidos de “terapéutico” y “concepción de emergencia”. Es el totalitarismo y la restricción de la libertad que están imponiendo en Venezuela, Ecuador, Nicaragua y El Salvador los autodenominados “Gobiernos progresistas” de Latinoamérica, cuyo máximo inspirador es Hugo Chávez. Es “más Estado” y menos oportunidades en materia de educación, salud y vivienda, para que las familias más pobres tomen sus propias decisiones, con dignidad y libertad. Es convertir en víctimas, desde el discurso que justifica y la mano blanda, a los delincuentes y narcotraficantes que mantienen atemorizadas a millones de familias chilenas, impidiéndoles circular con seguridad por calles y plazas.
En buenas cuentas, el progresismo de la Concertación, la agenda que terminará imponiendo Girardi en la campaña de Frei y las propuestas que levanta con tanta simpatía todos los días Marco Enríquez Ominami, no son más que el reciclaje de última hora del cásico discurso de la izquierda, que desconfía del ser humano, desconoce su dignidad y trascendencia y le teme a la libertad y a la capacidad de emprender.
Atención, porque una de las curiosidades de la Concertación - y especialmente de la izquierda -es su talento para apropiarse del lenguaje e instalar percepciones funcionales a sus propios sus intereses. No vaya a ser que, finalmente, terminen convenciendo a los chilenos que “retroceso” es sinónimo de “progreso”.




